fragmentos de novela

sábado

VI. LAS OTRAS MIRADAS


Tomó su café expreso de la máquina del hall de la entrada. Era una estancia espaciosa y con decoración más bien anticuada, pero un lugar agradable. Allí parecía sentirse relajada; meditaba pensamientos que a mí me hubiera gustado conocer, pero yo solo podía mirarla.Me fije en ella un día que sin ganas de trabajar, deambulaba por los pasillos del edificio y decidí tomarme un café en aquella vieja máquina. Mareado del trabajo, me acerqué hacia el desvencijado tresillo;un mueble comprado ya hace años, demasiado comprometedor para la época en que se compró, demasiado cursi para la actual. Crujió cuando me senté, y temí disturbar sus pensamientos con aquel insoportable ruido.
- ¿Me da para un café, no? – dijo amigablemente Luna.
- Sí, claro. ¿Un expreso verdad?
- Pues sí, necesito despertarme. Tenga los 50 céntimos.
- Vale, gracias y por ahí van los veinte duros –contestó con cortesía el conserje.
Ella parecía conocer muy bien la máquina, sin embargo yo, que pasaba por allí a diario no me había percatado, del improvisado clima que ofrecía a esas horas la entrada del edificio principal de nuestras oficinas. Era una máquina tan antigua como el sofá, ni siquiera se había modificado el cambio de moneda y en conserjería proporcionaban los veinte duros que costaba aún allí el café. Entonces echó la moneda en la máquina y el vaso, sujeto con dos pinzas metálicas articuladas, saltó desplazándose hacia el fondo. Sonó el “clic” al caer la cucharilla de plástico y luego suavemente como granitos de tierra picada, se oyó el azúcar.El café humeaba. Estaba ardiendo cuando ella pudo retirarlo, abriendo la portezuela para tomar el vaso y arrebatárselo a las pinzas metálicas. Al fin se sentó. Llevaba una camiseta muy ajustada. En aquel momento no imaginé que pudiera ser periodista, ni oficinista, ni nada. Su olor, su apariencia y modos, no proporcionaban demasiados datos: atrevida para un trabajo muy serio y excesivamente pulcra para algo divertido. Tiró la cuchara con cierto desprecio a la papelera y cogió con destreza de su bolso, un lápiz de madera que sacó de un estuche. Se veía claramente, que estaba ensimismada. Movió con el lápiz el azúcar, girándolo varias veces sobre sí mismo. Lo cogió y lo chupó, guardándolo de nuevo en su estuche, como si a menudo hiciera la misma operación. Parecía gustarle el sabor a madera mojada. Luego vi que ella utilizaba el lápiz en la oficina; cuando descansaba le gustaba chuparlo, probablemente le devolvía de nuevo el sabor a café. Se agachó y se colocó la tira de su sandalia, ajustándola más a su tobillo. Sonaron los tintineos de las figuritas que colgaban de su pulsera. Entonces vi el tatuaje: algo muy raro que asomaba bajo su camiseta de tirantes. Parecía un cuerno o una cola, no pude apreciarlo bien. Consultó luego unas carpetas, miró un libro y en aquel momento llegó la otra. Por el saludo parecía una buena amiga. Se dieron un beso y rieron. Una mirada mía se cruzó con su risa, pero ella se apartó hacia un lado, para ceder paso a otro cafeinómano y la perdí durante un largo rato. Volví a mi despacho, pensando aún en aquel tatuaje. Al subir las escaleras, vi como salían las dos del brazo, de nuevo riendo, por la puerta giratoria. Se puso encima de la camiseta de tirantes una camisa que tapaba hombros y nuca, abrochándose rápidamente el primer botón. Entonces caí en la cuenta, conocía a su amiga: trabajaba en el Diario, y la había visto en más de una ocasión en el canal municipal. Tal vez fueran compañeras de trabajo.
Volví de nuevo a mis quehaceres.Mi despacho era luminoso: un primer piso con vistas al viejo callejón. No me apetecía nada, más allá de aquel tatuaje y salí al balcón, al que los arquitectos en la reforma habían concedido una bula, respetando así el estilo exterior del edificio y de las cercanas casas-palacio. Olía al Cádiz antiguo pintado: puertas y casapuertas espaciosas, azulejos de colores hasta media pared en las entradas, plantas encaladas color salmón, albero o crema y fachadas con motivos de piedra ostionera. Y de nuevo volví a verla, en el edificio de enfrente. Acerté a comprender que discutía más que conversar con un señor mayor, de figura encorvada que llevaba bajo el brazo la correspondencia.
Desde aquel expresso me aficioné a ella. Miraba de vez en vez por el balcón conjurando, sin saber a qué, para que se cruzaran de nuevo su sonrisa y mi mirada. La veía moverse, o salir, andar por la calle como pez en el agua, pero aún coincidiendo, aún compartiendo espacios próximos, no lograba nunca una excusa para que ella se fijara también en mí.
Más de una vez me vio, eso lo se. Pero olvidó saludarme cuando de nuevo volvió a encontrarme, quizá pensaba que formaba parte del paisaje. Era algo decepcionante. ABPG